Los cambios que vienen

Hace menos de una semana, el presidente López Obrador admitió la posibilidad de que el régimen que él ha inaugurado y que presume de izquierda experimente un «corrimiento» hacia el centro del espectro político-ideológico al terminar su periodo de gobierno el próximo año, «porque cada quien tiene su estilo».

En las partes medulares de sus comentarios en la mañanera correspondiente, dijo que sectores de la oposición tienen “la ilusión” de que su sexenio termine para que las cosas vuelvan al cauce que tenían en el pasado: «están esperando que termine nuestro gobierno, cuentan los días. Y también están equivocados, porque el cambio va a continuar; yo ya no estaré, me voy a jubilar, me retiro, pero esto es un proceso que se echó a andar. ¿Quién lo va a detener?”.

En más de un sentido, estas palabras son tranquilizadoras, en particular porque reitera su intención de retirarse de la vida pública cuando termine su mandato, dentro de 16 meses y medio, sobre todo cuando muchos de sus seguidores le piden que se reelija.

Pero también porque la suya es una postura realista: quien le suceda en el cargo, sea quien sea, imprimirá a su gobierno su propio estilo, su propia visión, su propia manera de hacer las cosas, y eso abre la posibilidad de que termine la polarización nuestra de cada día, que López Obrador no percibe como tal.

Si López Obrador quisiera intervenir en el gobierno después de haber salido de él, podría ocurrirle lo que a Plutarco Elías Calles cuando pretendió influir en las decisiones del presidente Lázaro Cárdenas.

Sin embargo, más allá de abstenerse de polarizar a la sociedad con señalamientos hirientes y adjetivaciones, el cambio sustantivo que deberá acometer quien suceda a López Obrador, incluso si es del mismo partido, tendrá que ver con el manejo de las finanzas públicas.

En estos momentos parece haber consenso entre los conocedores en que la economía mexicana es fuerte, a lo cual contribuyen los extensos apoyos sociales del gobierno federal y las cuantiosas remesas que connacionales envían desde el exterior; ambas acciones impulsoras por igual del consumo.

El crecimiento de la economía mexicana es insuficiente, de apenas 1.1 por ciento en el primer trimestre de este año, según el Inegi, y en el mismo periodo la inflación cedió, si bien lo hizo en apenas centésimas de unidad. Así que más crecimiento y menos inflación, aunque en magnitudes mínimas en ambos casos, son buenas noticias para la economía.

Sin embargo, dos problemas aparecieron en el horizonte y, por lo que se ve, tocará resolverlos al próximo ocupante de Palacio Nacional: uno es que la DEA, la agencia estadunidense encargada de combatir al narcotráfico, ha puesto sus ojos en las remesas, que suele presumir con orgullo y satisfacción el presidente López Obrador, pues ha documentado que, para enviar de vuelta sus ganancias ilícitas allá, los narcotraficantes están utilizando los mismos canales que usan los trabajadores mexicanos en Estados Unidos para enviar dinero bien habido a sus familias. Los narcos tienen contratadas a personas acá que reciben el dinero y lo entregan a las mafias luego de tomar 10 por ciento de la remesa. Por cierto, sin ánimo de polemizar, el Banco del Bienestar, creado por López Obrador, está implicado en el ajo. Es lavado de dinero, y la DEA lo está investigando.

Este asunto tal vez terminará en un recorte drástico a las remesas, tras identificar y apartar los envíos de dólares producto del narcotráfico y otras actividades ilícitas.

Y el otro problema es que los apoyos sociales del gobierno lopezobradorista, si bien alivian las urgencias alimenticias de muchas personas necesitadas de apoyo (lo cual es innegable e incluso loable), sólo impulsan el consumo, y éste es insuficiente para movilizar la economía. Va un ejemplo, un poco esquemático y exagerado para efectos de más claridad: 10 mil adultos mayores reciben, cada uno, un cheque de 10 mil pesos como ingreso extraordinario; 3 mil de ellos deciden comprar andaderas, otros 3 mil compran bastones y los 4 mil restantes compran televisores. El volumen de producción de unos y de otros está determinado por el volumen de la demanda (ningún fabricante produce para tener sus productos en bodega más allá del plazo estrictamente necesario para la comercialización, pues los sobreinventarios implican gastos innecesarios). Para surtir los nuevos pedidos, los fabricantes deberán adquirir más materias primas y más máquinas-herramientas, pagar más insumos y trabajar más.

Si esto ocurre una vez, podría pasar como una burbuja. Pero si se prolonga en el tiempo, de seguro creará una distorsión en la economía, pues mientras crece la demanda, la oferta tiene problemas por una larga lista de carencias, a las que se puede sumar, para rematar el cuadro, la falta de una política industrial del gobierno, propiciatoria del crecimiento económico o, lo que sería peor, una política económica gubernamental orientada a estorbar el crecimiento económico.

El sano crecimiento económico pasa por crear un ambiente propicio para la creación de empresas y la generación de empleos bien pagados, para que sea esta bonanza la que incremente, de manera gradual, la demanda y, al mismo tiempo, la oferta.

Que el gobierno apoye con dinero a amplias capas de la población, sin promover el crecimiento económico, no es sostenible a largo plazo porque es una trampa para las finanzas públicas, porque éstas dependen del crecimiento económico por la vía de los impuestos.

A los mercados les preocupa la serie de iniciativas enviadas al Congreso por el presidente Andrés Manuel López Obrador. Preocupan, sobre todo, las que van dirigidas a modificar procedimientos administrativos, porque no crean un clima de confianza para que los negocios prosperen, además de que pueden, algunas como la Ley Minera, derivar en un panel de arbitraje entre Canadá y México, costoso e inútil para nuestro país.

Entonces, sí, el próximo presidente tendrá que hacer cambios en el gobierno, sea porque su estilo difiera del de López Obrador o sea obligado por las circunstancias.

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