Probabilidades

Joel Solís Vargas

Si de probabilidades se trata, lo más probable es que la candidata del bloque oficialista a la Presidencia de la República, Claudia Sheinbaum Pardo, no logre gozar de la compañía de mayorías calificadas en las dos cámaras legislativas que integran el Congreso de la Unión, es decir que no disponga de al menos las dos terceras partes en cada una de esas instituciones.

De hecho, a juzgar por las revelaciones y las indagaciones que se hacen respecto del negocio de las encuestas de popularidad y de preferencia electoral, también es probable que los partidos que la impulsan no alcancen siquiera la mayoría simple, es decir 50 por ciento más uno de los votos en el Poder Legislativo.

Pero este adelanto de vísperas es sólo para tantear el terreno, para explorar las posibilidades, para otear los posibles escenarios. No es, ni de lejos, un acto de profecía, ni de prestidigitación.

Nadie conoce el futuro, y es muy arriesgado fincar planes y proyectos en conjeturas inciertas.

Pero, si de conveniencias se trata, hay que anotar que a Claudia Sheinbaum le convendría no tener mayoría calificada en las cámaras, y acaso tampoco mayorías simples. Así podría justificarse ante el líder real de Morena, el hoy presidente Andrés Manuel López Obrador, por no cumplir la tarea que le ha dictado para llevar adelante su plan C: “no pude porque no tuve los votos necesarios en las cámaras”.

Es que, al paso que va este gobierno, si ella, o alguien más con poder, intenta cumplir al pie de la letra la tarea que ha dejado a sus alumnos el profesor AMLO, es muy probable que el país acelere aun más su proceso de descomposición social, y gobernarlo será casi imposible.

Sin embargo, en esta entrega sólo quiero referirme a la pretensión lopezobradorista de desaparecer las diputaciones y senadurías plurinominales, que Claudia Sheinbaum tendría que hacer realidad si llega a disponer de mayoría calificada en el Legislativo.

Se vería obligada a hacer realidad esa reforma regresiva, que constituiría una de las más grandes y oscuras manchas en su imagen postrera.

Antes de las grandes reformas electorales que dieron paso al país democrático que hoy conocen los mexicanos, en particular la de 1977, que introdujo la representación proporcional en los órganos legislativos, en México el que ganaba una elección tenía el derecho de ganar todo, y el que la perdía debía sufrir la ignominia de perder todo. Y todo mundo sabe quién ganaba todo y quién perdía todo en ese entonces; el mismo PRI la denominó “carro completo”.

Así, el que perdía todo se dedicaba a hacer imposible la gobernanza al primero, pues al final no tenía más que perder, y nunca se lograba una gobernanza correcta.

El PRI de aquellos tiempos, que era menos aferrado a dogmas y autoritarismos que el Morena de ahora, entendió que la sociedad mexicana tenía que transitar por la ruta de que el que gana no gana todo, y el que pierde no pierde todo y de ese modo puede colaborar con el que gana para que sean posibles todas aquellas cosas buenas en las que ambos coincidían.

Hoy no es necesario que los políticos se devanen los sesos en discurrir cómo lograr eso, porque las leyes electorales constituyen un manual que enseña cómo hacerlo. Sí, esas mismas leyes que pretende derogar el Presidente de la República.

Proveen, incluso, la fórmula matemática para que el que ganó la mayoría conserve la gobernabilidad, sin quedar por ello sobrerrepresentado. En este aspecto, la ley es casi perfecta.

Con la representación proporcional, los grupos minoritarios (por su preferencia sexual, por su filiación política, por su postura ideológica o por lo que usted quiera) tuvieron por fin la oportunidad de ser representados en los organismos legislativos de la República. No era necesario que sus candidatos ganaran distritos por mayoría relativa (es decir que obtuvieran la porción mayoritaria de la votación), porque la ley les asignaba asientos en el Poder Legislativo en relación directamente proporcional al número de sufragios obtenidos por su partido en urnas.

De ese modo el país entró en una nueva era de desarrollo político con gobernabilidad democrática: las minorías también estaban representadas en el Estado y, al menos en el ámbito político, México estaba en paz.

Ese mecanismo es el que pretende desaparecer López Obrador con el pobre argumento de que la representación proporcional es sólo un gasto que no reporta beneficios. Como si el costo de las cosas lo fuera todo.

Antes de la representación proporcional el PRI gobernaba solo, pero no se puede gobernar sin las voces discordantes de la oposición, en ningún país del mundo (miren a Rusia). Por eso es que el gobierno de Morena ha generado tanta polarización. Y por eso es que el tricolor acabó siendo derrotado en el año 2000, igual que en su momento terminará derrotado Morena.

Todo aquello que es impuesto por la fuerza, aunque sea benéfico para la sociedad, tiene corta vida porque el que viene detrás lo desecha. El Tercer Reich alemán, que quiso imponerse por la fuerza al mundo, no duró los mil años que prometió Hitler, sino sólo seis; ni la historia estuvo nunca a favor del socialismo impuesto a sangre y fuego por Stalin, como alguna vez alardeó el líder soviético Nikita Jrushchov.

Lo refrenda la sabiduría popular condensada en el refrán que dice que vale más un paso duradero que un trote cansador; es mejor un avance moderado con pasos firmes, consensuados, que un avance rápido con medidas impuestas por la fuerza.

Por supuesto, esto no significa que en todos los temas hay que ir con pies de plomo: debe imprimirse urgencia a la seguridad pública; urge que el Estado ejerza sus funciones y cumpla sus obligaciones, que para eso tiene el monopolio del uso legítimo de la fuerza. Es un clamor nacional.

Igual en vacunación, sobre todo de los niños, y en el freno al calentamiento global, asuntos en los que el gobierno de la 4T ha actuado con una actitud que raya en lo criminal.

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