El comentario: La bancada sin timón

Marcial Campuzano

El golpeteo político desde la tribuna del Congreso del estado no es novedad. Lo que sí resulta inusual es que los golpes vengan de la misma bancada que presume unidad y respaldo popular. Así ocurrió cuando el diputado morenista Joaquín Badillo Escamilla, presidente de la Comisión de Presupuesto y Cuenta Pública, denunció en plena sesión que la cuenta pública 2023 del Poder Legislativo tenía observaciones financieras y, por tanto, no debía aprobarse.

El dardo fue directo contra la ex presidenta de la Junta de Coordinación Política (Jucopo), Yolotzin Domínguez, quien se apresuró a salir ante los medios a asegurar que el informe estaba limpio y aprobado. En cuestión de minutos, Morena convirtió una sesión ordinaria en una pelea interna transmitida en vivo, dejando claro que en el Congreso no hay conducción ni control político.

El episodio exhibió lo que muchos ya comentaban en voz baja: la operación política del coordinador de la bancada morenista, Jesús Urióstegui García, es deficiente, errática y sin autoridad real sobre su grupo.

En teoría, su papel es mantener la unidad, marcar el rumbo legislativo y garantizar el acompañamiento al proyecto del gobierno estatal. En la práctica, Morena navega sin timón y con diputados que votan conforme a sus intereses o humores personales.

El discurso de Urióstegui que repite sobre “diálogo, consenso y responsabilidad” se ha ido vaciando de contenido. Los hechos lo contradicen una y otra vez.

No hace falta ir muy lejos para encontrar pruebas. La falta de liderazgo y conducción de Urióstegui ha sido palpable cuando legisladores de Morena han votado en contra de iniciativas enviadas por el propio Poder Ejecutivo, rompiendo la línea política del partido que gobierna el estado.

El caso más evidente y reciente fue el de las reformas a la Ley Orgánica de la Universidad Autónoma de Guerrero (UAGro), donde varios diputados morenistas se rebelaron y desoyeron las directrices. Ese desorden, que en cualquier otro grupo parlamentario sería motivo de crisis, aquí se normalizó bajo el silencio complaciente de su coordinador.

Urióstegui parece más interesado en quedar bien con todos que en ejercer liderazgo. Pero en política, quien intenta contentar a todos termina sin el respeto de nadie.

Lo ocurrido con la cuenta pública no fue un accidente. Fue el síntoma de una bancada descompuesta, sin disciplina ni estrategia. Mientras el coordinador se esfuerza por proyectar una imagen de armonía, la realidad lo contradice: Morena se golpea a sí misma desde el estrado.

Y lo más grave es que esta inoperancia ya tiene consecuencias. Proyectos legislativos importantes se estancan, las diferencias se ventilan públicamente y el Congreso pierde credibilidad frente a la ciudadanía.

Jesús Urióstegui García puede seguir pronunciando discursos sobre consenso, pero mientras no logre alinear a su bancada, su liderazgo seguirá siendo una figura decorativa. Lo que el Congreso de Guerrero necesita no son frases, sino conducción política; no declaraciones, sino resultados.

Por ahora, la bancada mayoritaria sigue sin timón, sin rumbo y sin capitán. Y en un mar tan agitado como el de la política guerrerense, eso sólo puede terminar en naufragio.

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