Hace Marcelo Ebrard crujir el tinglado de la sucesión en la 4T

* El exsecretario de Relaciones Exteriores denuncia una campaña a favor de Claudia Sheinbaum

El exsecretario de Relaciones Exteriores Marcelo Ebrard Casaubón, la corcholata con más tablas presidenciales entre las más autónomas del lopezobradorato, ha puesto a crujir el tinglado de la sucesión presidencial montado por Andrés Manuel López Obrador, al denunciar, con todas sus letras, una campaña electoral de Estado, expresada en acarreo masivo a los mítines de precampaña —“asambleas informativas”, según el eufemismo oficial—, guerra sucia contra él y su familia y uso masivo de recursos públicos, todo en beneficio de una sola de los contrincantes, la preferida del Presidente: Claudia Sheinbaum Pardo.

El misil va dirigido a la Secretaría de Bienestar federal, pero sus esquirlas golpean a López Obrador —y Marcelo Ebrard lo sabe bien— al asegurar que esa dependencia se presta o permite que sus delegados en todo el país, por medio de los servidores de la Nación, adviertan a los beneficiarios de los programas sociales que “el Presidente quiere que sea Claudia” la candidata. El Ejecutivo dijo en una conferencia mañanera de hace dos años que “es muy difícil que el presidente de la república no se entere de negocios de esa magnitud” (se refería a Fertinal) y en otra ocasión reafirmó que “los negocios más jugosos que se hacían al amparo del poder público llevaban el visto bueno del Presidente; nada de que el Presidente no sabía, nada de que el Presidente no estaba enterado; este es un sistema presidencialista; el Presidente se entera de todo, como los gobernadores (…); claro que la responsabilidad la tiene la autoridad más elevada”. Y hay que ver que el negocio de impulsar a la candidata de López Obrador con recursos del gobierno federal, y al mismo tiempo montar un teatro para aparentar que se trata de un proceso democrático, es de gran magnitud.

Podría ser que la protesta de Ebrard fuera parte de la misma obra de teatro y estuviera inscrita en el mismo libreto, urdida para dar la apariencia de una competencia verdadera. Es una posibilidad. Pero, a juzgar por ciertos detalles de hechos posteriores relacionados con este suceso, parece que se trata de una exigencia real y que el excanciller tomó la decisión de jugarse el todo por el todo, como que sabía que seguir guardando silencio sólo le garantizaba la derrota y tal vez el ostracismo político. De hecho, en la misma conferencia dijo que “es una competencia real; no estarían haciendo todo eso si no fuera una competencia real”. Y argumentó su convicción: “Hemos hecho una síntesis de las encuestas que son creíbles quitando las que tienen errores recurrentes; quitando esas, las demás encuestas lo que dicen es que nosotros vamos delante de Claudia Sheinbaum el día de hoy”.

Así, como quien sabe que sólo tiene la alternativa de morir o matar, decidió atacar con todo, y esperar cualquiera de los dos resultados. En otras palabras, acabó por tener claro que López Obrador quiere que Claudia Sheinbaum sea su sucesora, por las razones que sean, y que él no tiene, por esa vía, ninguna posibilidad de obtener la candidatura presidencial de Morena.

De hecho, su mensaje no está dirigido a ella, que sólo es una pieza en este tablero de ajedrez, sino a López Obrador, que es quien ha movido los hilos de lo que hasta este 16 de agosto sólo era una especie de obra de teatro guiñol. Así lo mostró con una referencia directa a él, cuando en un pasaje de su alocución se definió como “alguien que, en 2011, con una diferencia de 32 cuestionarios, no le tembló voz para decirle a Andrés ‘tú ganaste y a ti te apoyo, aunque sean 32 los cuestionarios’”. Y aun remachó: “He ganado encuestas, y cuando no gané una encuesta tuve los pantalones para decir ‘no la ganamos, aunque fueran 32 cuestionarios’”.

Se refiere a un incidente que sucedió hace 11 años: el PRD levantó encuestas para seleccionar al candidato que competiría contra Enrique Peña Nieto, del PRI, por la Presidencia de la República. Las encuestas indicaban que Ebrard y López Obrador estaban empatados en lo cuantitativo. Pero cuando se pasaba a la valoración cualitativa, era obvio que Ebrard tenía la ventaja y las posibilidades reales de ganar. López Obrador desconoció el resultado —qué raro, ¿no?— y amenazó con abandonar el partido si no le daba la candidatura. En aras de preservar la unidad del sol azteca, Ebrard accedió a renunciar a su pretensión a cambio de la promesa de López Obrador de apoyarlo en la siguiente oportunidad. Por cierto, el hoy presidente perdió esa elección.

Por supuesto, López Obrador ya olvidó su compromiso —otra vez: qué raro, ¿no?—.

Si Ebrard ahora se hizo el harakiri político, si lo suyo es un suicidio político, está por verse en breve. Por fortuna, esta es una novela de desenlace rápido, y pronto se sabrá en qué acaba. Porque el futuro es algo muy incierto. Y aunque tal vez el Presidente cree que el exsecretario sin Morena no es nada, la historia suele dar vuelcos muy inesperados. Así que, respecto del futuro, lo mejor es no casarse con ideas fijas.

Por lo pronto, la crítica de Ebrard a Sheinbaum fue demoledora: “Nunca se vio, siendo yo jefe de Gobierno de la Ciudad de México, todo el país pintado con financiamiento del gobierno. Nunca vieron (ustedes) espectaculares de Marcelo en toda la república mexicana y nunca vieron tampoco que mandara yo brigadas del gobierno para apoyar mi postulación. Jamás hice eso. Les habla alguien que tiene la autoridad moral para decir lo que estoy diciendo”.

Ya han pasado varios días de eso, días en los que se ha desatado una tormenta de análisis y comentarios al respecto, entre ellos el anuncio de que 80 diputados de Morena afines al excanciller presentarán las denuncias correspondientes ante el Instituto Nacional Electoral, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación y hasta la Fiscalía General de la República.

    La aludida, Claudia Sheinbaum, respondió con un discurso muchas veces ensayado, es decir con verborrea oficial, con todo descaro: “Es falso, no ha habido acarreos, no ha habido recursos públicos; lo niego absolutamente”. Como si no fuera evidente la intervención de los tres ámbitos de gobierno para sufragar los gastos de su precampaña, como si los 5 millones de pesos que le entregará su partido (a razón de 70 mil pesos diarios) fueran suficientes para financiar una sola de sus concentraciones con miles de acarreados, con miles de butacas, con miles de tortas y de botellitas de agua y con un montón de gastos relacionados, como sucedió en Acapulco el 28 de junio de este año.

   También habló el diputado Gerardo Fernández Noroña, una de las dos corcholatas externas que el Presidente admitió al final de su selección. Se lanzó a la yugular de Ebrard: casi lo dio por expulsado de Morena. 

Pero su réplica sólo muestra su desesperación por ser tomado en cuenta en la polémica, su necesidad de que su nombre sea mencionado y recordado, de escalar posiciones en las preferencias de la gente. Porque en realidad no tiene posibilidades de ganar ninguna contienda.

Lo que dijeron Adán Augusto y Ricardo Monreal es irrelevante, excepto porque las expresiones de este último ya no fueron de apoyo a Ebrard, sino, más bien, neutras. Así, entre las corcholatas, Marcelo Ebrard se ha quedado solo con sus 80 diputados, sus senadores —entre ellos la senadora Martha Lucía Micher, quien ya está hablando de acudir al INE a denunciar “delitos electorales” de Claudia Sheinbaum— y varios miles de seguidores por todo el país.

Pero, aun con todo eso, la protesta de Ebrard y sus seguidores podría resultar en un desastre, como la Primavera Árabe o como la Primavera de Praga. Y si así resulta, él habrá reducido su espacio de maniobra, y cuando pierda, lo cual es muy probable, quedaría vulnerable por todo lo que ha hecho para frenar a su adversaria. Eso se sabrá en breve; en tres semanas se conocerá el resultado de la encuesta de Morena y, si el excanciller pierde, quedará a la deriva, expuesto y, quizá, sin futuro en ese partido.

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