Don Timoteo Rodríguez López: el hombre que aprendió a construir la vida con las manos

* Una historia de vida y de esfuerzo, que le demuestra a  Atoyac, su gratitud

* La familia Rodríguez, formada en el barro, el sol y la perseverancia, ha decidido donar material de tabique para la construcción de un tanque elevado en la colonia Pindecua

Marco Antonio Villegas

En la colonia Pindecua, ubicada en Atoyac de Álvarez, Guerrero, hay una casa donde el tiempo no se mide por relojes, sino por recuerdos. Ahí vive don Timoteo Rodríguez López, un hombre de 80 años que, sin proponérselo, se convirtió en testigo y constructor de su propia historia.

En un rincón de su hogar guarda dos pantalones y un cobertor que trajo consigo en 1972 desde su lugar de origen. No los conserva por nostalgia, sino porque en ellos está escrita su memoria: el viaje, el miedo, la esperanza y la voluntad de no rendirse.

Don Timoteo nació en 1946, en San Juan Omiapa, municipio de Tixtla, Guerrero, su infancia fue breve. A los 13 años, cuando otros niños apenas aprendían a soñar, él ya entendía el peso de la responsabilidad. Su madre, Matilde López Tircio, necesitaba sustento, y él decidió salir a buscarlo.

Se fue sin mapas ni promesas, solo con la certeza de que debía ayudar, con las manos extendidas decidió que  rumbo  tomar Acapulco o a la Ciudad de México. El camino, sin embargo, lo condujo a Atoyac de Álvarez, lugar que terminaría por convertirse en su hogar definitivo.

Los primeros días fueron duros, el trabajo no esperaba y el cuerpo aprendió pronto a resistir. En San Juan de las Flores, gracias al señor Manuel Díaz, encontró empleo en una huerta de café.

– “¿No quieres trabajar, chamaco?”, le dijeron.

Ganaba dos pesos con cincuenta centavos, una cantidad pequeña, pero suficiente para enviar algo de comida a su madre. Más adelante, junto a Acripiano Castro y su esposa Josefina León, ayudó a levantar una casa de adobe para Melitón Castro de León, bajando de la sierra. Cada adobe era pesado, pero también era una promesa: la de seguir adelante.

Después de dos meses regresó a su pueblo. No volvió con riqueza, pero sí con la frente en alto. Cumplió con su madre, y eso bastaba.

En ese regreso encontró a su primo Juan Alvarado, quien lo llevó a Cuernavaca, ahí trabajó durante cuatro años en una compañía del señor Mario Estrada. Empezó ganando 150 pesos semanales y con el tiempo se ganó el respeto de todos. Llegó a ser jefe de grupo, con un salario de 170 pesos. En 1996, recibió mil pesos de Afore, un pago modesto, pero honrado, que reconocía años de esfuerzo silencioso.

En 1972, la vida volvió a cambiar, su esposa estaba por dar a luz a su primer hijo, Adán, y don Timoteo decidió llevarla consigo. No había certezas, solo la convicción de que juntos podrían salir adelante.

De regreso en Atoyac, el trabajo continuó. Recuerda que un día, tras ganar 18 pesos chaponeando con Benjamín Luna, llevó por primera vez a su familia al circo. No hubo luces deslumbrantes ni asientos privilegiados. Solo alcanzó para una bolsa de palomitas y una bolsa de agua. Pero esa noche, entre risas y miradas, entendió que la felicidad también cabe en lo sencillo.

La educación de sus hijos se volvió una causa personal. Tocó puertas en la Escuela Primaria Modesto Alarcón, al principio no hubo espacio, pero él no sabía rendirse. Insistió, habló, se hizo amigo. El director Teófilo, el maestro Félix y después el señor Imeldo Flores confiaron en él. Le entregaron la cooperativa escolar y el aseo. Don Timoteo cumplió como sabía hacerlo: trabajando. Porque para él, la honestidad también educa.

Durante 51 años, sus manos han moldeado el barro para convertirlo en tabique. Ese oficio no solo sostuvo a su familia; se volvió un legado.

De sus manos nacieron casas, escuelas, bardas y sueños ajenos. Materialistas, comerciantes y familias de Atoyac de Álvarez conocen su palabra y su trabajo: Bigote, Solís, el doctor Orlando, Jesús, los Montoya, Pedro Cuevas, entre muchos otros. En cada entrega, dejó algo más que material: dejó confianza.

Hoy, cuando muchos pensarían en descanso, don Timoteo sigue pensando en su comunidad. La familia Rodríguez, formada en el barro, el sol y la perseverancia, ha decidido donar material de tabique para la construcción de un tanque elevado en la colonia Pindecua, donde existe un venero de agua. No es caridad; es gratitud. Es devolver un poco de lo que la vida les permitió construir.

Don Timoteo no habla de éxitos ni de fracasos. Habla de trabajo. De cumplir. De agradecer.

Y cuando se le pregunta por su historia, no presume. Solo sonríe y dice, con la sencillez de quien ha vivido de verdad: “Gracias, Atoyac de Álvarez, Guerrero, por confiar en nuestro trabajo”.

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