Con globos y música de Cepillín sepultan a Alexis, un niño víctima de violencia doméstica

Marcial Campuzano

La cajita blanca parecía demasiado ligera para cargar tanto dolor. Dentro iba Alexis, un niño de apenas 2 años y 2 meses, cuya vida terminó antes de que pudiera aprender a decir con claridad su nombre. Globos blancos flotaban tímidamente sobre el cortejo, como si dudaran en seguir avanzando, mientras una canción infantil de Cepillín rompía el silencio con una ternura que dolía.

Alexis no murió por enfermedad ni por un accidente inevitable. De acuerdo con las investigaciones iniciales, el pequeño fue presuntamente privado de la vida por asfixia, a manos de su padrastro, con la presunta complicidad de su madre, ambos señalados por vecinos y autoridades de consumir estupefacientes. La mañana del 6 de enero, Día de Reyes, la fecha destinada a los juguetes y la ilusión, se convirtió en el último día de su corta existencia.

Desde su nacimiento, Alexis conoció más la violencia que las caricias. Familiares cercanos admiten que el menor creció en un entorno marcado por el abandono, los golpes y la negligencia. Primero fue su padre biológico; después, la llegada del padrastro no trajo protección, sino un nuevo ciclo de agresiones que nadie logró detener a tiempo.

El velorio, realizado en un domicilio modesto de la colonia CNOP, se llenó de juguetes que nunca pudo disfrutar. Muñecos de peluche, carritos, globos con personajes infantiles y algunas monedas colocadas con pudor rodeaban el féretro, como un intento colectivo de compensar lo que la vida le negó. Allí, el llanto no era escandaloso; era silencioso, contenido, como si cada sollozo pidiera perdón por no haber hecho más.

La exposición mediática del caso también dejó heridas. La familia, ya destrozada, tuvo que enfrentar la difusión de imágenes y versiones imprecisas que, en algunos casos, revictimizaron al niño. Con voz baja y educación dolorosa, el abuelo materno pidió privacidad. No era censura; era la súplica de quien solo quería despedirse de su nieto sin cámaras ni morbo.

El sepelio se realizó en el panteón nuevo ubicado al norte de Chilpancingo en un espacio facilitado por el gobierno municipal. El abuelo cargó el féretro durante todo el trayecto, como si no quisiera soltarlo ni siquiera en la despedida final. Cada paso parecía una pregunta sin respuesta: ¿en qué momento fallaron todos?

Cuando la carroza llegó al camposanto, las flores blancas y el cempasúchil contrastaban con la tierra oscura que lo recibiría. Al bajar la cajita a la fosa, no solo se enterró a Alexis. También se sepultó la tranquilidad de una ciudad que observa, una vez más, cómo la violencia doméstica cobra la vida del más indefenso. Personas que no conocían al niño se acercaron en silencio, con la necesidad humana de atestiguar, de no dejarlo solo ni siquiera en la muerte.

El caso de Alexis no es un hecho aislado; es el reflejo de una cadena de omisiones: instituciones que no llegaron, vecinos que quizá callaron por miedo, adicciones normalizadas, infancias invisibles. Su historia obliga a mirar de frente una realidad incómoda: hay niños que mueren en casa, lejos de las balas, pero igual de víctimas.

Alexis se fue sin juguetes, sin cumpleaños, sin futuro. Su nombre ahora vive en la memoria colectiva como un recordatorio doloroso de lo que ocurre cuando la violencia y las adicciones se imponen al cuidado. Y mientras los globos se perdían en el cielo, quedó flotando una pregunta que nadie pudo responder: ¿cuántos más tendrán que morir para que alguien escuche?

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